“Entre las PASO vacías y los cargos eternos: la hora incómoda del peronismo”

Seamos sinceros: la política argentina, y particularmente el peronismo, necesita mucho más que retoques superficiales. Necesita un sacudón real, profundo, incómodo. Y ese sacudón empieza por reconocer que herramientas que alguna vez fueron pensadas para mejorar la democracia hoy están lejos de cumplir ese objetivo.

Las PASO las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias nacieron con una intención loable: democratizar la selección de candidatos, abrir los partidos a la ciudadanía y transparentar las internas.

Pero con el paso del tiempo se desvirtuaron. Hoy, en la práctica, muchas veces no son más que una formalidad costosa. Partidos que compiten con lista única, estructuras que no generan debate interno real y ciudadanos obligados a votar en una instancia que, en numerosos casos, no define nada.

El costo económico de las PASO es enorme. En un país con dificultades estructurales, con demandas urgentes en materia social, educativa y sanitaria, resulta difícil justificar una inversión millonaria en una elección que muchas veces funciona como una gran encuesta nacional.

A esto se suma el desgaste ciudadano: votar dos veces en pocos meses genera apatía, desinterés y, en muchos casos, descreimiento.
Por eso, la discusión no puede esquivarse. El Estado no debería financiar internas partidarias. Si una fuerza política decide dirimir candidaturas mediante elecciones abiertas, debería tener la autonomía y también la responsabilidad de organizar y costear ese proceso.

Además, la obligatoriedad de las PASO merece ser revisada: la participación genuina no se construye desde la imposición, sino desde la confianza.

Ahora bien, quedarse solo en la crítica al sistema electoral sería cómodo, pero insuficiente. El problema es más profundo, y golpea de lleno al corazón del peronismo.

La autocrítica es urgente.
Durante años, el movimiento que supo construir poder desde la cercanía con el pueblo fue perdiendo esa esencia. La política se fue encerrando en oficinas, en roscas, en estrategias digitales que muchas veces reemplazan pero no igualan el contacto real. Hoy parece que vale más una foto en redes sociales que una charla cara a cara con un vecino. Y ahí hay un error de base.

Menos redes, más calle.
La militancia no puede reducirse a la virtualidad ni a la estética. La verdadera construcción política se da en el territorio, escuchando, acompañando, entendiendo las problemáticas concretas de la gente. El candidato no nace de un algoritmo ni de una mesa chica: se forma caminando, equivocándose, aprendiendo del contacto directo con la realidad.

También es momento de decirlo sin rodeos: hay dirigentes que sostienen el discurso de “no vivir de la política”, pero llevan años o décadas ocupando cargos, rotando funciones o encontrando siempre un lugar dentro del Estado. Esa contradicción, cada vez más evidente, erosiona la credibilidad y alimenta el descreimiento social. La política necesita coherencia, no relatos.

El funcionario es un representante del pueblo, no el dueño de un cargo. Su rol no es perpetuarse, sino transformar. Cuando la política se convierte en una carrera para sostener privilegios, pierde sentido. Y cuando los mismos nombres se repiten indefinidamente, se bloquea la renovación que toda fuerza necesita para seguir viva.

La crisis de representación es evidente. La ciudadanía ya no vota con entusiasmo ni con identidad clara; muchas veces lo hace por descarte. Y eso debería encender todas las alarmas. Porque cuando la política deja de generar esperanza, empieza a perder legitimidad.
Basta de candidatos designados a dedo.

Basta de decisiones cerradas que ignoran el sentir de la base. La reconstrucción del peronismo y de la política en general pasa por devolverle protagonismo a la gente. Que los liderazgos surjan de la afinidad real con la sociedad, no de acuerdos entre pocos.
Quienes han hecho del cargo un lugar permanente deberían tener la grandeza de dar un paso al costado. No como una derrota, sino como un gesto necesario para abrir paso a nuevas ideas, nuevas energías y nuevas formas de hacer política. La renovación no es una amenaza: es una condición de supervivencia.

El peronismo tiene una historia enorme, construida sobre la defensa de los trabajadores, la justicia social y la cercanía con el pueblo. Pero esa historia, por sí sola, ya no alcanza. Hace falta volver a las raíces, sí, pero también aggiornarse sin perder identidad.
La autocrítica no debe ser un discurso vacío ni una consigna ocasional. Tiene que ser un ejercicio real, honesto y sostenido en el tiempo. Reconocer errores, cambiar prácticas, abrir espacios.

Solo así el peronismo podrá volver a estar verdaderamente arraigado en las necesidades y en los sueños de su gente. Solo así podrá dejar de mirar hacia adentro y volver a ser una herramienta de transformación para la sociedad.

 

Por Anibal Gremes