Interpelación sin respuestas: una sesión que dejó al descubierto la fragilidad institucional
La interpelación al ministro provincial, que prometía ser un ejercicio de transparencia ante la ciudadanía, terminó convirtiéndose en una escena que expuso debilidades políticas, falta de conducción y un preocupante vaciamiento del rol legislativo.
Tal como lo había anticipado el diputado Nicolás Eslimel, el ministro evitó responder preguntas clave, confirmando en el recinto lo que ya se preveía: una exposición cerrada, sin lugar para el intercambio real. Lejos de un diálogo democrático, el funcionario se limitó a leer su discurso de manera literal, en un hecho insólito para este tipo de instancias, llegando incluso a pronunciar textualidades como “dos puntos”, evidenciando una puesta en escena rígida y carente de espontaneidad.
El episodio dejó en evidencia algo más profundo que una simple estrategia política. Diputados que habían anunciado una interpelación como muestra de transparencia terminaron protagonizando un acto que rozó la deslegitimación del propio Poder Legislativo.
Mientras el discurso del ministro ya circulaba previamente en los medios, en el recinto no hubo repreguntas ni cuestionamientos de fondo, especialmente sobre temas sensibles como la continuidad del fondo estímulo frente a un nuevo cálculo que impacta negativamente en los ingresos.
A esto se sumó una conducción errática de la sesión. La vicepresidente primera de la Cámara no logró ordenar el debate ni hacer respetar su autoridad, siendo ignorada tanto por legisladores de la oposición como del oficialismo, e incluso por el propio ministro interpelado. La situación obligó a la intervención de la presidenta del cuerpo, quien debió retomar el control para evitar un desenlace aún más desprolijo.
Sin embargo, la tensión no terminó allí. También quedó expuesto un episodio controversial cuando la presidenta de la Cámara amenazó con romper el quórum ante la intervención del diputado Guillón, quien buscaba desmentir cifras vinculadas al fondo estímulo, particularmente la afirmación de un salario básico de un millón de pesos. Este gesto profundizó la sensación de un debate condicionado y poco abierto.
Lo ocurrido en el recinto deja un sabor amargo. Lo que debía ser una instancia de control y rendición de cuentas terminó siendo, para muchos, una puesta en escena cuidadosamente diseñada. Y lo más preocupante: con la complicidad, activa o pasiva, de sectores que debían garantizar lo contrario.
El resultado fue claro: una ciudadanía que esperaba respuestas se quedó, una vez más, con más dudas que certezas.